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lunes, 17 de septiembre de 2012

RECUERDOS DE MI INFANCIA





No obstante, existe un lugar y es  bueno marcarlo... todos hemos sido niños alguna vez sin lugar a dudas, los costados de nuestra preocupación, refleja las sutiles luces del fulgor de la infancia. Correr el velo al mundo, explicarlo con nuestras imaginaciones, comprender la delicada trama de los toques humanos, las astucias del idioma, las desilusiones y los asombros... sin duda, se trata de huellas que pueden incluso tener la admirable cabida de ser capaz en nuestro hoy, logrando continuar reinantes, en cada uno de nosotros.-

Las memorias más bellas de mi infancia tienen que ver con las soleadas tardes en el huerto de mi casa materna, con la enorme higuera de la cual pendían hermosas y apetitosas brevas (higos), que con gran agilidad subía a tomarlas de sus ramas, allí en la casa de mis abuelos con el  infaltable gallinero al fondo, llegaba el olor de los buñuelos caseros y los riquísimos guisos en donde remojábamos el pan.-

Recuerdo cuando niño, me gustaba perderme en mi imaginación, tal vez era lo único donde me sentía dueño y nadie me lo podía arrebatar. Me gusta imaginarme, recorriendo esos grandes prados, esos labradíos colmados de trigo y hortalizas, bordeados por un cristalino río, lugar de muchos chapuzones en días de verano, llegar hasta la parroquia, subir al campanario divisar desde lo alto mi querido pueblo,  casas de piedra con tejas de un color musgoso, que habla  del pasar de los años.-

Repaso, cuando mi abuelo llevaba a apastar las vacas y me confiaba  su cuidado, mientras ellos, cortaban las pasturas para transportarlas en un carro guiado por hermosas vacas lecheras  y dárselos a  las ovejas y terneritos, que solían estar en la “corte”.-

Cuando llegaba la época de la siega, todos los vecinos, venían a ayudar a “mallar” (separar el grano) del trigo y el centeno; se convivía una fiesta de trabajo, donde mi madre de tanto en tanto servía coñac a los hombres y anís  a las mujeres, nosotros los pequeños mientras tanto, jugábamos a la escondite en los montículos (pañeiros) de paja que iban armando en forma de cono gigante. En una de estas siegas, un accidente se produjo al tratar de arreglar una máquina, una llave francesa, capricho del destino, hizo que cayera en el tambor de la misma, saliendo despedida, sorteando a todos los presentes, hasta llegar a mí, golpeándome, abriendo una herida muy profunda en el tobillo de la pierna izquierda , cuya cicatriz perdura hasta hoy.-

De paseo por mi pueblo EL PENEDO ( Galicia ), escuchaba las campanadas de la Iglesia y en ese momento me llegaron recuerdos de sonidos, de mi linda ALDEA, de caminatas en invierno con esas alfombras blancas de nieve pura, para jugar con la imaginación, dando forma a diferentes tipos de figurillas, el susurro del viento del norte; de los cuentos de mi abuela, todo un libro con sonidos e historias que  hacen lagrimear dulces recuerdos,  quedarán en mi corazón...con el repique de las campanas.-

Todo  disfrutable, el mundo era pequeño para mí, todo lo quería descubrir...subir hasta la cima mas alta de un  árbol, para ver como pájaros de diversos colores, construían sus nidos y volver al tiempo para ver sus pichones nacer; correr por esas “corredoiras” (caminos angostos) tratando de llegar a casa antes del anochecer; recoger flores del campo, para llevárselas a mi madre, que con mucho amor, las ponía en un  latón con agua para dejarlas en el medio de la mesa grande, donde a la cena, nos juntábamos y disfrutábamos de una comida sana, con fuego vivo de leños cortados de silvestres montes, donde los conejos se paseaban en diferentes direcciones, para tratar de eludir su caza. Cuantas cosas... no me alcanzaría el resto de mi vida, para contarles esas pequeñeces, que ahora recuerdo como grandes y son parte de mi vida.-