No obstante, existe un lugar y es bueno marcarlo... todos hemos sido niños
alguna vez sin lugar a dudas, los costados de nuestra preocupación, refleja las
sutiles luces del fulgor de la infancia. Correr el velo al mundo, explicarlo
con nuestras imaginaciones, comprender la delicada trama de los toques humanos,
las astucias del idioma, las desilusiones y los asombros... sin duda, se trata
de huellas que pueden incluso tener la admirable cabida de ser capaz en nuestro
hoy, logrando continuar reinantes, en cada uno de nosotros.-
Las memorias más bellas de mi infancia tienen que ver con
las soleadas tardes en el huerto de mi casa materna, con la enorme higuera de la
cual pendían hermosas y apetitosas brevas (higos), que con gran agilidad subía
a tomarlas de sus ramas, allí en la casa de mis abuelos con el infaltable gallinero al fondo, llegaba el olor
de los buñuelos caseros y los riquísimos guisos en donde remojábamos el pan.-
Recuerdo cuando niño, me gustaba perderme en mi imaginación,
tal vez era lo único donde me sentía dueño y nadie me lo podía arrebatar. Me
gusta imaginarme, recorriendo esos grandes prados, esos labradíos colmados de
trigo y hortalizas, bordeados por un cristalino río, lugar de muchos chapuzones
en días de verano, llegar hasta la parroquia, subir al campanario divisar desde lo alto mi querido pueblo, casas de piedra con tejas de un color musgoso, que habla del pasar de los años.-
Repaso, cuando mi abuelo llevaba a apastar las vacas y me
confiaba su cuidado, mientras ellos, cortaban las pasturas para transportarlas en un carro guiado por hermosas vacas lecheras y dárselos a
las ovejas y terneritos, que solían estar en la “corte”.-
Cuando llegaba la época de la siega, todos los vecinos, venían
a ayudar a “mallar” (separar el grano) del trigo y el centeno; se convivía una fiesta de
trabajo, donde mi madre de tanto en tanto servía coñac a los hombres y anís a las mujeres, nosotros los pequeños mientras
tanto, jugábamos a la escondite en los montículos (pañeiros) de paja que iban
armando en forma de cono gigante. En una de estas siegas, un accidente se
produjo al tratar de arreglar una máquina, una llave francesa, capricho del
destino, hizo que cayera en el tambor de la misma, saliendo despedida,
sorteando a todos los presentes, hasta llegar a mí, golpeándome, abriendo una
herida muy profunda en el tobillo de la pierna izquierda , cuya cicatriz
perdura hasta hoy.-
De paseo por mi pueblo EL PENEDO ( Galicia ), escuchaba las campanadas
de la Iglesia
y en ese momento me llegaron recuerdos de sonidos, de mi linda ALDEA, de
caminatas en invierno con esas alfombras blancas de nieve pura, para jugar con
la imaginación, dando forma a diferentes tipos de figurillas, el susurro del
viento del norte; de los cuentos de mi abuela, todo un libro con sonidos e
historias que hacen lagrimear dulces recuerdos, quedarán en mi corazón...con
el repique de las campanas.-
Todo disfrutable, el mundo era pequeño para mí, todo lo
quería descubrir...subir hasta la cima mas alta de un árbol, para ver como pájaros de diversos colores, construían
sus nidos y volver al tiempo para ver sus pichones nacer; correr por esas
“corredoiras” (caminos angostos) tratando de llegar a casa antes del anochecer;
recoger flores del campo, para llevárselas a mi madre, que con mucho amor, las
ponía en un latón con agua para dejarlas
en el medio de la mesa grande, donde a la cena, nos juntábamos y disfrutábamos
de una comida sana, con fuego vivo de leños cortados de silvestres montes, donde
los conejos se paseaban en diferentes direcciones, para tratar de eludir su
caza. Cuantas cosas... no me alcanzaría el resto de mi vida, para contarles esas
pequeñeces, que ahora recuerdo como grandes y son parte de mi vida.-

